Hay un hito invisible —y muchas veces doloroso— que cambia por completo la salud de una relación: el momento en que entendemos que hemos fundado una nueva unidad familiar.
Al iniciar una convivencia o un proyecto de vida compartido, pasamos de ser «hijos que tienen pareja» a ser «un equipo que tiene una familia de origen». Y este cambio de chip requiere aprender a poner nuestras propias normas.
Esto no significa romper con tus padres, ni distanciarte de tus hermanos, ni dejar de querer a tu familia de origen. Significa entender que sus opiniones y dinámicas ya no pueden estar en el centro de las decisiones de vuestra nueva vida.
Roles en parejaEl rol de "hijo" frente al rol de "compañero/a adulto/a"
En psicología sistémica y clínica integrativa hay una máxima muy reveladora que sintetiza la psicóloga Carmen Bermúdez:
«Para poder ser pareja tienes que aprender a ser menos hijo»Carmen Bermúdez
¿Qué ocurre cuando seguimos funcionando como hijos por encima de nuestro rol de pareja?
- Buscamos la aprobación constante de nuestros padres para las decisiones de nuestro hogar (dónde ir de vacaciones, cómo educar a los hijos, cómo gestionar el dinero).
- Permitimos que las opiniones de la familia de origen pesen más que el consenso alcanzado en intimidad con nuestra pareja.
- Nos cuesta comunicar un "no" a nuestros padres por miedo a que se sientan rechazados o enfadados.
Cuando el rol de hijo prima sobre el de pareja, la relación empieza a agrietarse porque uno de los dos miembros se siente desprotegido, secundario y expuesto a la injerencia continua de terceros.